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Las gárgolas de Nezahualcóyotl

Texto por: Ollin Cipactli

Fotografía de: KETM & Maclovia Morlet

Tejemos leyendas de lo que conocemos, de lo que se oculta entre las sombras, de lo que nos da miedo. En la década de los 80, en el municipio de Nezahualcóyotl, los hombres temían a Las Castradoras. Ellas eran arpías, apostadas en las esquinas con la pétrea mirada de las gárgolas, decididas a defenderse a sí mismas y a otras, con tijeras y navajas, a como diera lugar. Por lo menos, eso dicen las leyendas, que advierten a los hombres incautos de no provocar la ira de los espectros y sus punzocortantes justicieras.

Las mujeres, por el contrario, temían otras cosas, desde mucho antes y las siguen temiendo mucho después. Las mujeres temen a las deambulantes manos ajenas en los transportes públicos; las mujeres temen los callejones oscuros, con su silente amenaza; las mujeres temen las violaciones que fácilmente pueden tornarse en asesinatos. Y, así, desde niñas, las mujeres escuchan otros consejos. Ellas inoculan el “Calladita te ves más bonita” y el “Vestida así, ¿qué esperabas?” y  “El hombre llega hasta donde la mujer quiere”. Y los miedos de las mujeres no son —nunca han sido— producto de leyendas urbanas.

No obstante, toda leyenda tiene su génesis en un hecho real, magnificado y engrandecido cada vez que se lo vuelve a contar. En la década de los 80, en el municipio de Nezahualcóyotl, hubo mujeres que decidieron dejar de vivir con miedo. Mujeres que se dieron cuenta de que no les hacía falta verse bonitas, sobre todo no cuando el precio a pagar era su mudez. Hubo mujeres hastiadas de la censura y de que los mismos que pregonaban la libertad de expresión, los mismos que alababan la vehemencia de la juventud, invalidaran sus palabras. Hubo mujeres que decidieron publicar sus propios fanzines, escandalosos, polémicos y sinceros.

Eran mujeres gárgola, mujeres que sabían que la ropa, cualquiera que ésta sea, nunca es una invitación al acoso. Eran mujeres que se adueñaron de sus cuerpos y de sus experiencias, con faldas cortas, blusas ajustadas y cabellos teñidos de colores brillantes. Eran mujeres a las que no les bastó imprimir su insurrección en los periódicos, sino que la llevaban delineada en sus ojos, vaporizada en el aerosol de sus peinados, suspendida en los aros de sus perforaciones.

Eran mujeres que nunca tuvieron confianza en la justicia de las fiscalías, menos aún en las fuerzas policiales. ¿Qué se puede esperar de quienes han pasado una eternidad marginándolas, ignorándolas y censurándolas? Y, así, decidieron encarnar ellas mismas a la justicia que la etiqueta y la sociedad les había negado durante tanto. Sabían exactamente hasta dónde querían que un hombre llegara con ellas y llevaban navajas en los bolsillos para asegurarse de que se respetara su decisión y la decisión de otras. Ellas eran reales, habitantes de carne y hueso del mundo de los vivos, que poco a poco se sublimaron en leyendas, se transformaron en apariciones de ultratumba, se imprimieron en los periódicos, en la ciudad y en la memoria colectiva.

Hay leyendas que pertenecen a la realidad, engendros que rondan los transportes públicos y los callejones, espantajos con cuya presencia hemos aprendido a malvivir. No obstante, también hay espectros que se materializan a partir del hartazgo y de la rabia colectiva, gárgolas que esperan pacientemente en las esquinas y en las paradas de las combis, aguardando el momento de la venganza, antes de volver a fundirse con las sombras. 

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