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DECADENCIA DE ROLES

Por: Ollin Cipactli

Ilustración: PANTONE427

Una Revolución, cualquiera que ésta sea, debe ser un enfrentamiento, una confrontación entre la utópica apariencia de lo que “debe” ser y la descarnada realidad de lo que es. En 1980 (¿sólo en 1980?), en México, la utopía hablaba de un mundo estático, inalterable, en donde sólo existía un rol que podía pertenecer a las mujeres (o sólo las mujeres le pertenecían a él). Éste era el papel de señoritas recatadas, maquilladas con gracia y discreción, que pronto pasarían a ser abnegadas madres, ecos de las opiniones de sus padres y esposos.

La realidad, por el contrario, sabía que el mundo estaba siendo presa de un cambio imparable, un terremoto que cuarteaba las creencias y derrumbaba la falaz utopía de roles inflexibles. Después de todo, ¿cómo podía sostenerse esa rígida quimera, si sus cimientos estaban erguidos sobre la sumisión y el sometimiento de la mitad de la sociedad? No, las mujeres estaban hartas del silencio, de los segundos puestos, de ser sólo las esposas, las novias y las compañeras.

Y lo hicieron saber.

Se adueñaron de sus cuerpos. ¿No debería ser eso una oración redundante? ¿No debería ser evidente, innegable, que en tu calidad de ser humano te perteneces únicamente a ti? En 1980, en México (¿sólo en México?), no era así. Romper el libreto, ignorar el papel que te habían asignado desde el nacimiento, moldear el destino —tu propio destino— era un acto de rebeldía.

Así, las rebeldes, las contumaces, las trastornadas, se adueñaron de sus cuerpos. Lo hicieron con faldas cortas, con playeras agujereadas, con tintes de colores chillantes y con maquillajes que eran todo menos discretos. Y haciéndolo, se adueñaron de sus vidas. Ellas no tenían nada de las esposas sumisas o de las madres abnegadas que deberían haber representado. Y les venía bien, porque no querían hacerlo.

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